Los Centenarios de Litate

Cuando le anunciaron que debía abandonar la aldea donde había vivido sus 102 años, el más anciano de los residentes de Litate dijo que “preferiría morir”. Encontraron su cuerpo sin vida al día siguiente, el pasado mes de abril, con signos de haberse quitado la vida. Su acción detuvo los planes de evacuación forzosa del gobierno japonés y permitió a los mayores de esta localidad situada a 40 kilómetros de la central nuclear de Fukushima ganar el pulso para quedarse.

 

El centenar de ancianos son los últimos residentes de una de las poblaciones más contaminadas de la prefectura de Fukushima. Tienen una media de 85 años y el convencimiento de que a su edad no tiene sentido empezar de nuevo. Han decidido aguantar lo que les quede de vida bajo la radiactividad. “Fue imposible convencerles de que se marcharan”, asegura el comandante Takahashi, uno de los militares que trabajan en la descontaminación de la zona.

Iitate tenía 6.000 habitantes hasta el tsunami del pasado 11 de marzo que provocó el accidente nuclear de Fukushima Daiichi. La localidad se ha convertido desde entonces en un misterio. Los niveles de radiactividad son aquí más altos que dentro de los 20 kilómetros de Exclusión Nuclear decretados alrededor de la planta, supuestamente el área de mayor riesgo. Algunos expertos creen que la situación geográfica –la ciudad está rodeada de montañas- permitió que se acumularan focos de radiactividad que el viento no dispersó. En algunas zonas se han detectado hasta 40 microsieverts de radiactividad a la hora, más de 300 veces la cantidad límite establecida por la Comisión Internacional de Protección Radiológica (CIPR).

Los carteles turísticos siguen publicitando Litate como uno de los ‘100 pueblos más bellos’ de Japón, pero sus casas están desiertas. Escuelas, edificios públicos y viviendas siguen abandonados un año después del accidente nuclear. Y sus negocios cerrados. Esto es: a excepción del Salón de Belleza Hanai.

La peluquería, situada en la avenida principal, abre sus puertas ocasionalmente para atender a las ancianas de la residencia. “Una vez a la semana las traen en un autobús, les hacemos la manicura, les arreglamos el pelo y esas cosas”, dice el dueño del comercio, que vive fuera de la localidad y sólo viene a atender a sus últimas clientas. “No han perdido su deseo de estar guapas”.

Equipos de descontaminación trabajan sin descanso, limpiando calles y fachadas con agua a presión y removiendo cada centímetro de terreno radiactivo. Algunos ex vecinos participan en las labores en un intento de acelerar la recuperación de su comunidad, regresando a su vida de refugiados al final de la jornada.

Un silencio total envuelve el lugar al anochecer, cuando un único edificio permanece con las luces encendidas. Varios ancianos juegan a las cartas mientras los empleados dan de comer a quienes han perdido la movilidad o están postrados en sillas de ruedas. “Muchos sufren de Alzheimer o demencia, están muy frágiles y lo único que quieren es vivir sus últimos años en paz”, dice una enfermera rechazando la petición de ELMUNDO.es de entrevistar a los ancianos.

El director de la residencia, Masami Sanpei, ha logrado un permiso especial del Gobierno para mantener el centro abierto, alegando que la noticia de su posible evacuación deprimió a los mayores, muchos de ellos demasiado frágiles para ser desplazados. El suicidio del más anciano de todos ellos reforzó el argumento y puso más presión sobre las autoridades. Pero lo que al final decidió la suerte de los samuráis de Iitate fue la determinación del personal del hospicio de seguir ocupándose de ellos, dejando a un lado su miedo a la radiactividad. “No podíamos dejarles abandonados”, dice la enfermera. “Si ellos se quedan, nosotros también”.

Fuente: Aquí

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