Historias de amor en los asilos de Tegucigalpa

El amor no tiene edad. Y como dijera un famoso escritor, todo está permitido, menos interrumpir una manifestación de amor. El amor nace, crece y florece en todo tiempo y en cualquier escenario que presente la vida, un ejemplo de ello son los hogares de ancianos.

Patricia Calix

Ahí en esos espacios, donde conviven nuestros abuelos, el amor hace renacer esperanzas y creer en un mañana mejor, aunque se esté en el ocaso de la vida.

Cupido flecha corazones

En el Centro de Día y Reposo (Ceder), donde son asistidos 35 adultos mayores, Cupido no descansa flechando corazones. Es así como a Raúl Acosta, de 82 años, y a Cándida Sánchez, de 76, les ha hecho despertar el más puro de los sentimientos: el amor, y viven un tierno idilio. Ambos ya peinan canas. En sus rostros surcados de arrugas ha desaparecido la lozanía de antaño.

Ella ha perdido la luz de sus ojos, pero sabe mirar con los del alma. En él los pasos no son tan seguros y denotan cansancio, pero aún saca fuerzas de lo imposible.
En Raúl, la soledad y el deseo de tener a una persona especial con quien compartir el tiempo que le quede de vida ha hecho que se refugie en Cándida.

Igual sucede con esta dama, que a cada instante siente latir su corazón por Raúl, como cuando era una jovencita, incluso, lo cela y no permite que otra de sus compañeras se le acerque.
“A mí me pueden gustar otras compañeras, pero mi corazón solo es de Cándida y a ella la quiero”, confesó el octagenario.

Un poco de alegría

Y es que para la mayoría de los adultos mayores que son alojados dentro de un hogar de ancianos, la vida no ha sido fácil y les ha dejado huellas de amargura, penas y sinsabores.
Se trata de personas que han deambulado por las calles capitalinas y que han sido invisibles o indiferentes ante los ojos de los demás.

Una vez bajo la protección de un asilo, si las personas de la tercera edad sienten la necesidad de una compañía, de compartir y de amar, no hay razón para que se les prive de este derecho, manifestó el doctor Francisco Amador, director de Ceder.

“Los abuelos que se enamoren cuanto quieran, es algo bello y maravilloso verlos a ellos enamorados. En los asilos debe permitírseles la convivencia de un amor aunque este solo sea de ojos, tocaditas de manos, es bello verlos enamorados”, declaró Amador.

Respecto al amor que se profesan Cándida -a quien cariñosamente le dice “Mita”- y Raúl -quien es catalogado como un picaflor- manifestó que se siente satisfecho de que el amor renazca entre estas dos personas que son muy queridas.

“La realidad es lindo ver a estas personas tratarse de esa manera, verlas enamoradas, incluso entre ellos se celan”, expresó el galeno. Pero en el amor no todo es color de rosa.
El desamor, el rechazo y las decepciones amorosas son parte del diario vivir, aunque las esperanzas son las últimas que se pierden.

Este es el caso de Eugenio Andino, de 90 años, quien desde hace unos meses viene luchando por conquistar el corazón de Ana Rosa Ponce.

“Yo le digo que podemos ser amigos, a mí ya se pasó el tiempo del amor, ya estoy muy vieja”, expresó doña Ana Rosa, con una sonrisa tímida. Pero su respuesta no hace mella en don Eugenio, que asegura que seguirá luchando hasta que Dios le dé fuerzas.

Viviendo de recuerdos

Algunos, como María de los Reyes Rivas, viven de lo que fue y no volverá a ser. Para ella es difícil darle vuelta a la página donde se encuentra escrita su historia de amor.

Hace dos años que esta anciana, originaria del municipio de San Buenaventura, convive en el asilo María Eugenia. “Amorcito Corazón, yo tengo tentación de un beso…”, del famoso Pedro Infante, o “Que un viejo amor ni se olvida ni se deja”, viajan por su mente cada vez que recuerda a su viejito el general Timoteo Borjas.
Para María de los Reyes, Timoteo -aunque ella asegura que no era un hombre guapo, pero sí simpático, elegante y de finos modales- fue el amor de su vida.

No hay día del mundo en que ella no busque entre las imágenes casi borrosas que almacena en su memoria los días plenos de felicidad que vivió junto a Timoteo.

“Yo amé a mi viejo porque él era muy bueno, amoroso, me halaba flores, me dedicaba canciones, lastimosamente no pudimos tener hijos, ese fue nuestro deseo incumplido. Si existe el amor en el otro mundo, ahí estaremos amándonos”, confesó Rivas llena de nostalgia.

El amor es así, y en los asilos también se hace presente, aunque solo se trate de un amor fraterno entre dos almas solitarias que solo anhelan compañía.

Y más cuando la mayoría han sufrido el abandono de sus seres queridos, aquellos que se han olvidado de su ternura, de sus sabios consejos y más que un día ellos mismos estarán en esa misma situación y seguramente sus hijos harán lo mismo con ellos.

Esa es la realidad y ese cariño que florece les da la esperanza que necesitan para esperar con tranquilidad el final de sus días.

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Fuente: El Heraldo de Honduras – 15/6/2010. Acesse Aqui
Extraído da Rede Latinoamericana de Gerontologia (RLG): Acesse Aqui
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